MAMI SILICON

Mi piel es tan perfecta que sólo brilla donde tiene que brillar. No tengo una peca fuera de sitio; las que están sólo están ahí para ser atractivas. Mi pelo sólo se curva en los lugares donde mis facciones resaltan más. Me miro al espejo y, joder, perdón, pero es que me sonrío. No conozco la palabra “encrespado” y mucho menos la palabra “celulitis”. Mis piernas no se rozan; exhibo tanto espacio interpernil que se está barajando realizar en ese punto exacto la próxima ampliación del canal de Panamá. No tengo un gramo de grasa colgante, sobrante, bamboleante, espeluznante. Puedo hacer la prueba del salero con cualquier parte de mi cuerpo en cualquier momento del día. Intentad pillarme, porque no podréis. Mis medidas, ni siquiera Miguel Ángel podría haberlas diseñado mejor. Estoy esculpida por los ángeles. Soy aquello que el landismo predicaba. Estoy buena.

Me da lo mismo que Beyoncé ahora cante que la perfección no importa embutida en un trajecito de concurso de belleza americano y una diadema con orejas de conejo. Y su perfecta sonrisa. ¿Cómo lo hace Beyoncé para tener esos dientes tan, así, dentales? Tan cuadraditos, tan blancos, tan ordenados. Exhibiéndolos, la mujer hace una crítica súper mordaz, súper profunda y súper poco obvia a la obsesión sobre la imagen. “Perfection is the disease of a nation, pretty hurts”, dice. Ejem. Ella. La que viste y anda. Beyoncé, la übercelebrity. “Blonder hair, flat chest, TV says bigger is better”. Ella, que seguro que tiene un equipo dedicado a su cuerpo. Los demás sobrevivimos con filtros de Instagram y poco más. La perfección da igual cuando ya eres perfecta, Beyoncé. Claro.

Que si te descuidas te pasará como a Scarlett Johansson. Le da a la típica foto de desnudo integral que apenas atrae atención sobre su nueva película ni causa ninguna expectación por filtrarse en internet y la ponen a caer de un burro porque no es, como todos esperaban, bueno, una diosa griega que, por cierto, sólo existe en el imaginario colectivo. A Scarlett le cuelga de aquí y le sobra de allá, por lo que parece. Es curioso, después de haberla visto en innumerables portadas siendo una Afrodita terrenal. La iluminación hace maravillas, pero para milagros, a Lourdes.

Qué digo Lourdes. Quítate de rezos y aguas benditas. Existe una opción mejor y más accesible que evita que tengas que verte rodeada de señoras con permanentes estilo Copito de Nieve restregándose la rabadilla contra alguna piedra santa para que se les cure la ciática y de paso encuentren novio, que desde que se murió su Antonio están muy solas. Para hacerse con un milagro express no hay que montarse en un autobús lleno de jubilados destino Francia; hay un iconito azul, con una P, esa preciosa P, P de posibilidad, P de “así Pillas”, P de “¿Patas de gallo? Olvídate”. P, de Photoshop.

Dicen ahora que hay lobbys (siempre me imagino a los lobbys como si fueran los Canteros de los Simpson) en Estados Unidos que van a intentar sacar adelante en el congreso más congreso del mundo una ley que limite el uso del Photoshop en publicidad para no crear estereotipos falsos en la sociedad. Se acabó el chollo. No más vientres perfectos, no más caderas con más aristas que una estalactita, nada de pechos que desafían las leyes de la gravedad en todos los planetas del sistema solar. Ahora la gente va a empezar a parecerse en las fotos a lo que es en la realidad. Vaya rollo, la realidad.

Yo seguiré estando buenísima, siendo perfecta, estando plana donde tengo que estarlo. ¿Qué dices? ¿Que esa que he descrito no soy yo? ¿Que me he pasado? Son preguntas que no vienen al caso. He decidido hacer como la publicidad, a ver si así se me lee más. Si ellos pueden convencernos de comprar un bikini porque lo ponen en una modelo photoshopeada hasta parecer otra, voy a intentar que La Monda Magazine tenga más visitas estando ficticiamente “buena”. Ahora hago photoshop por escrito. Muy moral, ¿eh?