V DE VIGOREXIA

Digamos que tu último encuentro con la naturaleza, encontronazo más bien, fue en una rave que más que nada parecía el “XXXV. Encuentro de Imitadores de Marujita Díaz” a los que se les había dado la única orden de desafiar las leyes de la coordinación.

El ritmo de tu corazón en modo colibrí campeón de la F1 te ha avisado que, a lo mejor, tu sitio está más cerca de una partida de bingo en el casino del pueblo acompañado de señoras pechugonas intentando calmar los sofocos con abanicos XL provocando ciclogénesises explosivas y ancianos desdentados cantando línea como si no hubiera un mañana.

Pero como no es recomendable pasar de 100 a 0 y viceversa, en una de tus conversaciones interiores te dices a ti mismo que, a los 35 años, tu polipatética vida aún  se merece otra oportunidad.

Es de humanos ir contra natura y, de pronto, a lo mejor por una descarga eléctrica sufrida al intentar sacar ese pan que se había quedado atascado en la tostadora con la ayuda de un cuchillo, deporte de riesgo donde los haya, se te ocurre hacer eso mismo: deporte.

No has dado un paso más largo que otro en 35 años. Fuiste el inventor del palo de escoba para cambiar de canal y has cogido el ascensor toda la vida a pesar de vivir en un bajo. Pero no pasa nada; todo el mundo lo hace, todo el mundo puede ser Bolt, Gebreselassie y hasta los jamaicanos pueden hacer bobsleigh. Lo vi en una película. Yes we can.

Mis piernas son dos barras de romanito y tengo un cuerpoescombro que no puedo con él. Pero de la misma manera que las pegatinas de racing aportan caballos de potencia hasta a un Seat Panda, la equipación adecuada hará de mí un auténtico Iron Man. Es matemática pura.

Y, así, te encuentras inevitablemente en las puertas del Decathlon, más conocido como “Déclaton”, buque insignia del escuadrón disléxico junto a “Breska” o “Sletxer”. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón que os empuja a hacer esa entrada de roja directa al diccionario? Es DECA, ¡DECA! Tri, penta… DECA. “Déclaton”… Con lo bonito que sería que os confundieseis y lo llamarais “Decatron”. “Decatron; tu tienda de ropa heavy barata”. Eso sería fantástico. Además, las mallas podrían ser el elemento común entre deportistas vigoréxicos y vikingos cerveceros.

Jamás pensé que hacer deporte me obligara a tomar decisiones tan difíciles. Qué demonios soy, ¿pronador o supinador? ¿Puntillador? ¿Talonador? Son preguntas que no están nada claras. ¿Muerdealmohadas o soplanucas? Eso sí es fácil de responder… “Necesitas un cortavientos”, me han dicho. ¿Sí? ¿Lo necesito? No lo tengo claro. Lo más lógico sería que ya que voy a sudar necesitara una sudadera, pero ¿un cortavientos?

A lo mejor por donde salgo ahora habitualmente a correr lo que necesito es ¡un cortaviejos! Eso sí lo necesito. Ya que con mis zapatillas pronadoras, mis mallas anticirculación y mi cortavientos que ya lo quisieran para sí los habituales del Scorpia tengo pinta de Pokemón evolucionado o de personaje de Mad Max venido a menos, un cortaviejos me vendría de maravilla. ¡Velocidad mínima en las zonas de correr, ya! Bastante tengo con mantener un ritmo continuo y mínimamente digno y no parecer un pastor alemán con la lengua a su puto rollo como para ir esquivando momias como si fuera esto el Ghost n’ Goblins.

Velocidad mínima para momias u otro carril, una cinta transportadora de viejos para evitar ese sonrojante slalom. ¿Cruel? Sí. ¿Efectivo? Sí.

Después de meses, no acabo de entender del todo mi cambio de vida; se parece demasiado a las raves de antes porque, cuando hago ejercicio, los ojos sigo teniéndolos desorbitados, mi coordinación después del segundo kilómetro sigue siendo igual de infame, el colibrí es el ritmo que sigue marcando mi corazón. Aunque he dejado de mezclarlo con el whisky, el Red Bull sigue siendo mi modo de vida y no acabo de alejarme de las drogas, aunque ahora lo llamo doping.

Hola, soy Jon, y soy vigoréxico.