LA EXTINCIÓN DE LOS FEOS

Necesito, algún día, conocer al cirujano de la Princesa Letizia. Esa persona es como el Miguel Ángel del bisturí, los Monty Python de la venda y la gasa, el Cervantes del pómulo, la Marie Curie de la nariz aguileña. Nuestra Letizia ha pasado en unos años de ser una mujer de rasgos más bien marcados, a ser Nieves Álvarez. Y sin “hacerse nada”, además. Ha evolucionado mágicamente hacia un ser dulce de barbilla dulce, rostro dulce, nariz dulce, piel dulce, mirada dulce. Tanto que puede llevar trazas de frutos secos y causa diabetes si la miras mucho.

El caso es… Bueno, que está, objetivamente, más guapa. Menos ella, más como otras, pero aumentando puntos de belleza, como un Pokémon. Una estrategia acertada hoy en día, quizá de las pocas de la Casa Real últimamente. Aceptémoslo; lo guapo vende, y vende por sí mismo, además. Vende porque sí, se es guapo y ya, “cógele a ése que es mono”, esas cosas. Los guapos consiguen más cosas y de forma más fácil porque fisiológicamente se nos hacen más agradables al ojo, porque eso que dicen de que buscamos caras simétricas igual sea verdad o porque nos gustaría retozar con esa cara de Adonis a la sombra de un pino. Lo que sea; ser guapo te abre puertas. Y no serlo te pone cubos de agua encima de las mismas para que al entrar te des cuenta de cómo está el patio.

¿Cuánto guapito/a de cara hay por ahí, que, sin oficio que figure por ningún lado, está en todas partes? ¿Cuánto vendehumos buenorro se aprovecha de su torso esculpido por los ángeles para conseguir un front row o un papel de actor teniendo tanta expresividad como una baldosa? Es cierto que siempre se ha admirado a caras bonitas, pero también es innegable que por lo menos antes las caras bonitas se dedicaban a algo que les diera credibilidad, desde sostener la corona de un Estado (estoy monárquica hoy) a actuar o posar como no posa nadie. Después de pensar arduamente, aún sigo sin encontrar una función social al epítome de la nueva especie social que encarna esta idea; la it-girl. La modelo es modelo, la periodista es periodista, la fotógrafa es fotógrafa. La it-girl es, normalmente, una pedorra. Sólo hace falta ver el sketch de Alaska y Coronas.

Después de tirarnos noches en vela apuntando números, cosas matemáticas complicadas, cruces y rayas en una pizarra, llegamos a la conclusión de que la ecuación del éxito moderno es una suma entre una cara bonita, saber cómo molar (llamado “componente it”) y, el elemento imprescindible, los followers, likes, seguidores o minions de tu guapura morena.

Al ser humano en profesiones creativas no le dejan de caer palos por todos lados. Son el nuevo ecce homo de la sociedad. Si ya era suficiente con que tuvieras que dar, por amor al arte, muestras de tu trabajo para demostrar tu valía (la próxima vez voy a ir a depilarme gratis y pagarles la segunda vez, si es que me convencen. O la tercera, porque tampoco estamos para derrochar. Pero cuando lo pete y sea rica, les pagaré), ahora necesitas alrededor de 800 seguidores en Instagram para que te tomen en cuenta. Porque da lo mismo lo bueno que seas; tu producto no vale nada si no tienes una horda de followers, que, por cierto, cada vez más gente ha empezado a comprar para dar imagen de molar sin parar y tienen tanta vida como Monchito un martes. Si no te siguen, eres un pardillo. No vales. ¿Eres el próximo Warhol? Lo sentimos. Los números mandan, y no sólo para Montoro. Y ya no te digo nada si tienes la mala suerte de parecerte a Montoro.

Se nos ha ido la cabeza y nos hemos confundido con el refrán de la mata y la patata. Ahora sólo queremos mata; las patatas, que seas bueno o no, esos temas, son secundarios. El talento se premia de forma secundaria. Todos sabemos que al final el que es bueno se queda, y el que está vacío se marcha. Pero… ¿y si no pasa así? ¿Y si nos estamos instalando en la tiranía de los números, los followers y las caras bonitas con tanta vida interior como una almendra?

El cirujano de Letizia va a tener mucho trabajo. Llamadme Nieves.