A TU MADRE LE GUSTA ESTO

Os voy a librar a muchos de una carga pesadísima con este artículo. Me podéis llamar “mártir” de aquí en adelante;  me voy a sacrificar por vosotros. Las consecuencias pueden ser duras, carbón por Navidad y cosas del estilo. Pero alguien tiene que decirlo ya de una vez, así que, antes de nada, debo explicar… mamá (ama, en mi caso norteño), esto no va por ti. Te adoro, así que no te enfades. No quiero comer lentejas una semana entera.

Como decía, alguien tiene que poner las cartas sobre la mesa. Ya basta. Se están dando unos desbarajustes en el orden natural de la sociedad ante los que no podemos seguir mirando hacia otro lado. Queridos progenitores, padres y madres, tías de Cuenca, ha llegado la hora de deciros que… en serio, tenéis que dejar las redes sociales. No es vuestro elemento. No se os ve como peces en el agua. Que no.

¿Qué son esos 238 “like” a todo lo que vuestros hijos hacen? ¿Se nos está yendo la cabeza? Todo parece muy mono, muy cuqui, hasta que tus amigos te comentan “tu madre me ha megusteado (ese verbo moderno. Qué poco gráciles somos al inventar nuevos palabros en lengua castellana) mi foto de perfil”. Y ya te empiezas a echar las manos a la cabeza, porque cual Sandro Rey, puedes imaginarte lo que va a venir después de eso. Tienes un seguidor oculto en la sombra, que, al tener como máximo 12 amigos en Facebook (ésta es una de las características del “progenitor en redes sociales”, su perfil casi inactivo), todo lo que le sale en su newsfeed es tú. Lo que tú haces. Lo que comentas. Como si salieran de juerga contigo. Ese espía público. Tu mayor pesadilla. Tu madre/padre.

O tu tía de Albacete. Es como darle una navaja suiza a un gato; sabes, lo sabes, que eso va a acabar como el rosario de la aurora. Sobre todo en comidas familiares, donde sacaran a relucir tus andanzas. “Te vi en una foto con unas gafas con nariz de pene”. “Gracias, tía MariCarmen”. Mirada asesina de tu padre. Silencio. Otro momento estelar llega cuando cualquiera de tus amigos, aleatoriamente, te etiqueta en lo que sea. Una foto, un cartel de un evento, una imagen de una llama poniendo con ojitos. Lo que sea. Y tres microsegundos más tarde, algún familiar con el que compartes línea de sangre, apellido o árbol genealógico en general, comenta algo como “qué guapos estáis, un beso, te veo el 25 en casa de tu abuela”. Facepalm, extreme facepalm. Sobre todo si a tus amigos les gusta no dejar pasar una oportunidad de oro como esa. Sabes lo que va a venir: el choteo generalizado. Y, con suerte, se llega al culmen de la evolución del “progenitor en redes sociales”; compartir dicha foto. Sin poner nada más, ni un titulito, ni una razón que motiva el acto. Ahí está, en silencio, tu foto con tu amigo, al que no conoce, en su perfil.

Tu madre te demostrará amor. Tu padre será inquietante. Le dará por agregar a todos tus amigos que le suenan remotamente de haberlos mencionado. Empezarás a desear que en la universidad te hubieran enseñado a hackear ordenadores o smartphones (AQUÍ están los culpables de todo esto, la maldita tecnología accesible) y pudieras entrar en sus perfiles, y borrarles el perfil de Facebook. Directamente. Pero vuelven. Porque alguien cuelga las fotos de la boda de tu primo, y tienen que verlas.

Queridos padres, os amamos, y sabemos que nos queréis mucho, pero ha llegado la hora de decirlo; dejaos de redes sociales. Salvo contadas excepciones, no se os dan bien. Y no pasa nada, es un hecho, aceptémoslo. Nosotros nunca recordaremos cuándo pasa la fecha de garantía del microondas, vosotros no entendéis el complejo funcionamiento social de Facebook.

¿Qué hay para comer? … Ah, sí, lentejas.

Texto: Ane Guerra