MI VIDA COMO UNA VACA

Una reflexión profunda de Ane Guerra.

En serio, no es que quiera utilizar esto como púlpito, no quiero predicar, ni juzgar, ni sembrar el caos. No estoy autorizada, ni lo suficientemente versada en el tema para dicho propósito. Soy, y esto me incluye en la gran parte de la populación, una más. O era.

Porque hace poco tuve una revelación. Porque he visto la luz. Porque acabo de encontrar el sentido a todo, a mi inseguridad, a mi desasosiego. Un regalo caído no del cielo, porque eso sería una revelación bastante estándar, sino de los remansos de paz que tanto venden y quedan tan cucos en los anuncios de Tri-va-go. Mi único destino ahora es convertirme en un súper-ser rumiante, en la evolución del pasto común. Seré el futuro del vacuno. Quiero ser una vaca.

Tiene que ser el paraíso; levantarte, ir a dar un paseíto, comer, dormir, tolón-tolón. No contenta con comer una vez, recomer lo comido y rumiar sin parar. Más tolón. Lo de ordeñar no sé si lo veo muy claro; no me toques las ubres que no está el horno para bollos, que diría. Siendo realistas, las vacas no son un bicho feroz, las reinas de la jungla, de estos que dan miedito. Pero tendría pezuñas, y supongo que una mala coz le puede amargar el día a cualquiera. Sobre todo si te intentan exprimir como a una naranja común o un sobre de Almax. Paso.

Compartiría establo rural con encanto, vistas a la montaña, baño incluído (y tanto), spa (ducha a presión) y en algunos casos, hasta música clásica para estar más feliz. Y así sería mi vida, siendo un animal grande, pesado, manso y tontuno. Eso sí, borraría el final de convertirme en producto de consumo de mi anterior yo; mi revelación no me dijo nada de acabar en un plato o en un bote de cola o en todo menos en las albóndigas del Ikea. Yo sería una vaca que moriría de vieja, al calor de una hoguera, recordando buenos momentos vacunos.

Lo mejor es que me importaría todo bastate poco y tendría el futuro más o menos claro. He ahí la razón que me empuja a seguir mi revelación; una vaca no se preocupa. Un joven desempleado español, SÍ. Y es que desde que leí la noticia de que la Unión Europea gasta diez veces más por vaca comunitaria que por joven desempleado, mi vida se ha vuelto una resolución hacia el blanco y negro (muy de moda), el comer ecológico (a ver qué vegano nivel cinturón negro supera comer hierba) y vestir pieles sostenibles (la mía propia). Vale, ok (como siempre, léase “oc”), la noticia sacada de El Confidencial ( enlace ) puede ser una exageración, una interpretación parcial de los hechos y de los datos, un artículo que no respeta tanto la precisión como Verdasco en aquel anuncio de Gillette por el que aún voy al psicólogo. Pero sólo el hecho de leer el titular y dudar, únicamente el acto de dudar, de que quizá sea verdad, ya merece pensar sobre ello y abrazar el mundo-vaca. Porque es bien grave que no nos extrañe que pueda ser cierto que el joven desempleado español valga una décima parte de nuestro adorado animal cárnico/lácteo. Porque esa es la credibilidad que les damos a nuestros políticos. La duda. La eterna duda. Yo me pienso dedicar a rumiar y a ser un animal sagrado indú que vale más que un licenciado en Periodismo por la Universidad de Cuestamucho. A lo dicho, que me hago vaca. ¿Mu?