JUST A GIGOLO

Durante la madrugada del 2 al 3 de mayo de 2013, en el barrio de Brooklyn de Nueva York, el Dj Mister Cee fue arrestado por solicitar los servicios de lo que parecía ser un trabajador sexual que posaba en la calle, pero que por desgracia, al final, resultó ser un policía encubierto. No sé si el lector tendrá en mente el aspecto del músico antes de mirar la foto que acompaña a este texto, pero puedo afirmar, con más o menos seguridad, que nada sobre él –ni su mirada feroz, ni su envergadura, ni mucho menos esa pinta de gángster rapero cabreado con el mundo– podría habernos hecho imaginar que era un usuario de este tipo de favores, ¡cómo si hubiese un prototipo! De todas maneras, y para sentar un precedente exculpatorio de esas apariencias engañosas, casi veinte años antes tampoco parecía que Hugh Grant hubiese podido necesitar que le echasen una mano.

Después de leer la noticia del arresto, más que sorprenderme hizo que me preguntase sobre las posibles consecuencias que éste tendría sobre la vida de esa persona –tal vez estoy sensibilizada con el tema después de lo de Vito Spatafore en la sexta temporada de The Sopranos–, sobretodo teniendo en cuenta el entorno donde desarrolla su profesión y, supongo, su vida social.

En 1955 se publica la novela de Pier Paolo Pasolini traducida al castellano bajo el título Chavales del arroyo, en la que PPP narraba una serie de episodios cotidianos –superando tanto el costumbrismo como el realismo– de la supervivencia en la periferia de Roma, con sus camorristas, chabolas, ladrones y los ragazzi di vita, título original de la novela, esos adolescentes que pasaban por la prostitución igual que habían pasado por la extorsión o el trapicheo. Lo paradójico de todo esto es que a Pasolini lo asesinaron saliendo del restaurante donde él y Giuseppe Pelosi –el ragazzo de 17 años con el que iba a pasar la noche– habían cenado. Eso ocurrió la madrugada del 1 al 2 de noviembre de 1975 en un descampado de Ostia, y la suma que se pagó a Pelosi seguramente debió ser cuantiosa, casi tanto como la extorsión que vino después, ya que el chico declaró haber actuado en solitario y por cuestiones sentimentales.
Recuperar la lectura de los chavales me hace pensar en el Tortilla Flat de John Steinbeck como una historia de pijos acomodados.

Y es que quizás el tema cuando se trata de hombres nunca es la prostitución en sí misma; como no lo es en Santa María de las flores ni en Diario de un ladrón ambas de Jean Genet , ni en el largometraje Midnight Cowboy de John Schlesinger, ni por supuesto en My own private Idaho de Gus Van Sant, donde aparece ése otro personaje que indudablemente debe estar en este minúsculo álbum. Por algún motivo, la prostitución masculina permite introducir unos elementos ideológicos que la femenina no, y es obvio que no me refiero a ese vómito de lugares comunes excretado por Valérie Tasso,; sino, por ejemplo, a Nana del film Vivre sa vie de Jean-Luc Godard, versión cinematográfica beatnik del clásico de Zola, igual de moralista y ejemplificante, aunque finalmente bastante menos épico.

El trabajo sexual masculino nos da pie a establecer una serie de preocupaciones sobre el ser humano y su contexto– tampoco aquí me refiero a American Gigolo–,  a hablar de miseria y de bajeza, nos evoca desesperación y en ocasiones fatalidad y destino. No puedo generalizar, ni por otra parte soy Otto Weininger, pero dudo que las mujeres lleguen a la prostitución por un furor uterino incontrolado, o como en el caso de El diario de una ninfómana, por una evolución natural de la propia necesidad de experimentación. Lo que en una mujer se construye como natural y constitutivo de “una manera de ser” –me remito de nuevo a Nana– , en un hombre se revela como algo contra natura.

No obstante, la historia del arte y de la literatura, y podríamos extenderlo a la del cine lógicamente, está repleta de esos personajes masculinos que hallan en la prostitución un vehículo de supervivencia desatando en el espectador/lector una reacción de empatía, pena e incluso de conmoción. Ni siquiera Iris “Easy” Steensma –Jodie Foster con 13 años– la prostituta adolescente de Taxi Driver, nos impresiona de la misma manera que el Jim Carroll de The Basketball Diaries, o pensándolo fríamente, tal vez debería referirme a Paul en Breakfast at Tiffany’s, el chapero más disimulado de la historia, pues en medio de la ambientación más ñoña imaginable, nos cuelan un hustler en toda regla.

Una última imagen para terminar, la de Dee Dee Ramone blandiendo su navaja en la esquina entre la 53 y la Tercera contra algún cliente hombre que se le acercó solicitante, la canción explica como la policía lo persigue para arrestarlo después del ataque, pero que al menos ha demostrado no ser un afeminado.

 

Texto: Carlota Gómez