LA VIDA DEL EMIGRANTE MODERNO

“Hacerse un Londres” debería ser una expresión contemplada por la Real Academia de la Lengua Española. Coges un día, y harto de no encontrar trabajo, o por eso de irte a la aventura, o por el tema de molar en Brick Lane (porque has ido una tarde y sabes que tu yo interior pertenece a ese lugar y no al pueblo perdido en el que en realidad has nacido, quieres volar y ser libre, salir del capullo y ser una mariposa, florecer), haces las maletas y te vas. En Ryanair, porque si nos vamos a la aventura, lo hacemos bien, con restricciones hasta del tamaño de tu ego.

No es todo camino de rosas. No es llegar y molar. Y no lo digo sonando a “oh pequeño gusano de seda, ven y aprende de tu sensei”. Lo digo porque es verdad. O si no, pasaos por la capital británica y pedid un café, una caña (pinta, a precio de orín de unicornio) o un sandwich. El que te conteste tendrá acento español/italiano/vivaelsolylaplaya. Casi seguro.

El caso es que llegas y te encuentras en un cuchitril al que llaman habitación, en un piso sin salón, baño compartido con toda clase de flora y fauna (humana), sin amigos y sin la mitad de tus pertenencias (eso por culpa de Ryanair). Y te dices a ti mismo que qué guay, que cómo mola Londres. Y sí mola, ok (léase “oc”). Pero tu inglés no mejora al ritmo que te esperabas, se te empieza a liar el castellano, y comienzas a sonar retrasado en varios idiomas, cosa que hasta entonces no te creías capaz de lograr. Un paso más en tu aclimatación.

Te empieza a hacer gracia el trato que les dabas tú a los ecuatorianos en Madrid; que si se mueven en guetos, que si no se quieren integrar, que si viven apiñados. Chorrada supina; tú también te acabas juntando con gente cuyo lado más exótico es un abuelo de Logroño. Y también te ves viviendo con otros 9 en tu situación en la misma casa. Y sólo puedes ir a tu pueblo de visita de ciento en viento porque no te da el dinero, porque vivir en Londres te sale más caro que ser padrino de Urdangarín. Tu cerebro va mutando hasta llegar a límites insospechados de cutrez para contigo mismo; sobre todo en ese tema que en Inglaterra parece pasarse por alto siempre, a.k.a la comida. Llega el punto en el que te enteras de que la FAO recomienda comer insectos para luchar contra el hambre mundial y, chico, pues tampoco te parece una barbaridad.

Es la vida del emigrante moderno; de aquel que llega no para mejorar su situación, sino simplemente para… eeeerrrmm… hacer que sufra una mutación. De parado a parado pero petándolo en inglés. De pobre a pobre pero en libras. Tú pensabas que esto no te podía pasar a ti. Y aquí estás. Por lo menos, riámonos. ¡A nuestros brazos emigrante!

 

Texto: Ane Guerra