LADYBOYS Y LA MUERTE DEL EROTÓMANO

Recuerdo que el señor Gallimard estaba sentado al final de la sala, erguido y
rodeado por esa niebla de distinción que siempre se concentra en las mesas
apartadas. Recuerdo que había una copa sobre la mesa, o quizás era un vaso, sé
que estaba bebiendo, sin embargo no sé el qué. La imagen de René Gallimard
en la ópera China fascinado y fascinante se me grabó en la mente igual que la
visión de un muerto. Y es que estaba a punto de morir sin tener conocimiento de
ello y en un estado absoluto de laissez-faire se dejaba arrastrar por la belleza y el
esteticismo camp de Butterfly.

En esta versión cinematográfica de principios de los años noventa –basada en
la obra de teatro de finales de los ochenta firmada por David Wright Hwang–
Pinkerton se convierte en un diplomático francés y Butterfly en una actriz china
llamada Song. La historia se desarrolla de manera más o menos previsible: él la
mira, se enamora, enferma de pasión, lo deja todo, es engañado y traicionado, lo
juzgan, lo encarcelan y se hunde.

Hay al menos dos giros argumentales interesantes en la cinta a tener en cuenta.
El primero, uno de los secuaces del gobierno chino se da cuenta que en el fondo
el diplomático es más que otro turista, con todas y cada una de las manías
sentimentalistas y exageradas del foráneo, así que decide transformar a Song
en espía y sacar información sobre el estado francés. El segundo, Song era un
hombre, un travesti, lo que hoy seguramente llamaríamos un ladyboy.

Song hacía los papeles femeninos en las actuaciones y, si Gallimard hubiese
sido menos turista, sabría que ancestralmente las mujeres tenían prohibido
actuar y que los roles que les correspondían eran llevados a cabo por hombres.
Tanto Gallimard como Song eran dos hombres heterosexuales que mantenían
relaciones sexuales de manera más o menos continuada cada uno en su rol, él un
hombre y él una mujer . Lo curioso es que el diplomático no se dio cuenta hasta
muy avanzada su relación, cuando Song es llamado a testificar en el juicio contra
el traidor y aparece vestido de hombre. Tal vez aquí haya dudas sobre cómo se
podía mantener la perfomatividad de la situación, la respuesta es: recomiendo
mirar la película, fue dirigida por David Cronenberg y eso es siempre algo que se
disfruta.

Igual que en M. Butterfly en El hombre sentado en el pasillo, una novela minúscula
escrita por Marguerite Duras, la promesa de la muerte es ineludible a pesar de
la luz y lo bello que perfuma el encuadre de la escena. Él sentado en la penumbra
del pasillo de la casa, observándola entregarse, como quien desde detrás de la
ventana mira fijamente el baile de las ramas de los árboles, esperando oír qué es
lo que las hace moverse.

La historia del libro es en apariencia muy simple, así que no es la trama lo que
se presenta aterrador, sino la constatación de la fatal ausencia de alternativas,
no hay más salida que la que se intuye. El Hombre y Gallimard, cada uno en sus
respectivos papeles de predador y presa, ambos sentados en un fondo desde

el que miran y esperan. Parece que las sentencias nunca dejan de cumplirse,
diría incluso que cuando ya se ha hecho la promesa a la Muerte no pueda uno
desdecirse.

Quizás lo que ocurre es que mirar –con esa intensidad– algo que nos resulta
incomprensiblemente bello es una forma de matar y a su vez una forma de morir.
A veces el que mira mata y otras, el que lo hace se torna vulnerable y se expone
al peligro de la destrucción. Seguramente algo parecido ocurre cuando estamos
delante de una obra de arte –en el más amplio sentido de la palabra, sin
descartar categorías– fluctuando de una posición a la otra sin acabar de definir
nuestra naturaleza. Y no hablo de la mirada del coleccionista o del entendido,
sino del que mira sin tener motivo ni excusa, del erotómano que devuelve la
mirada sutilmente y que lo hace como una posición frente al mundo, como un
gesto que parte de la seducción y se transforma en ideología.

Texto: Carlota Gómez