JAMES OSTRER: TEN AMIGOS PARA ESTO

A nosotros nos parecía muy normal y natural por aquella época, pero, en realidad, los excesos cuasi-raveros en los que, fiesta de cumpleaños sí y fiesta de cumpleaños también nos adentrábamos cantando un cumpleaños feliz a siete velas en una tarta y acabábamos embadurnados en Nocilla, polvo de cheetos, barro y virutilla de colorines «comestible», no tenían nada que envidiar a las mejores fiestas de Puerto Banús de los 80.

Tenemos la firme convicción de que algún tornillo se le debió de aflojar asistiendo a una fiesta de éstas a James Ostrer. Tiene que ser eso; si no, no hay otra forma de explicar las maravillas retrato-culinarias que crea el artista británico. Cogiendo a amigos (suponemos que son amigos, porque no sé qué desconocido se prestaría a tener que lavarse el pelo 5 veces para quitarse el olor a nata) que bien podrían estar drogados con formol, Ostrer critica la excesiva dependencia al azúcar de nuestra sociedad con una estética brutal y atractiva. ¿Feliz cumpleaños?

james ostrer photo masks lamondamagazine

james ostrer photo masks lamondamagazine

james ostrer photo masks lamondamagazine

james ostrer photo masks lamondamagazine

james ostrer photo masks lamondamagazine

EL SHOWROOM DE LA CACA. TOILET EXHIBITION.

No me voy a currar una frase introductoria misteriosa porque todos habéis visto ya esos gorros con forma de zurullito a estas alturas. Y, poseídos por el morbo, ya habéis visto el vídeo. Joder, esos gorritos son una cucada, todo hay que decirlo. Si era lo que estaban buscando, lo siento, no siento ni una pizca de estupor; una exposición sobre váteres y, seamos sinceros, incidiendo en el tema caca, ya ni me sorprende viniendo de Japón. Es Japón, hacen locuras, les gusta lo escátologico y lo llevan haciendo tiempo. Que me Aspen, Colorado, si les entiendo.

Lo que pasa es que… no sé, creo que estamos llegando a todo un nuevo nivel del mundo excremento. El sombrerito, pase. La caquita de Arale, pase. Los talleres para niños donde pueden hacer su propia caca de plastilina… roza lo inaceptable. Pero el váter gigante donde te tiran de la cadena y aterrizas en un submundo rodeado de pantallas cuya única proyección es «Cariño, ¡te he convertido en mierda!» es bastante más de lo que la mente humana puede procesar. La mente, no el estómago.

He leído por ahí que incluso se ha visto a parejas en una cita paseando por la exposición. Todo un acierto, querido mancebo japonés, llevar a tu doncella a la expocaca. Si te vuelve a hablar, eso es amor. Mención especial, por favor, al coro de váteres hipnóticos que cantan; mi reino, mi estómago, por saber qué dicen.

 

 

Artistas de pinta y colorea. Minna Gilligan.

No lo digo a malas, ni me estoy poniendo celosa, lo juro. Minna Gilligan se considera artista y hasta ahí todos le respetamos. Su técnica es extraordinaria. Y cuando digo extraordinaria, me refiero a fuera de lo común para tener más de seis años. Rotuladores, pegamento, revistas viejas, poesía y ¡voilá! Aparentemente estúpido pero con notas psicodélicas y nostálgicas que me hacen pensar que hay un sitio en el mercado del arte para ella. Simple y sentimental. Y digo yo: ¡joder! Se me tendría que haber ocurrido a mí.